Curiosamente pareciera que a pocos llama la atención que al enfrentar las cajas de pago de conocidas cadenas de supermercados o grandes tiendas, se les presenta la opción de pagar con dinero efectivo en condiciones desfavorables con respecto a las establecidas para las tarjetas comerciales propias.
Tiene algún sentido -aunque discutible- que las supertiendas privilegien el uso de su propia tarjeta comercial con respecto a los plásticos bancarios. Parece entendible también, que tratándose de dos opciones de crédito equivalente, ofrezcan para un mismo bien un precio reducido utilizando la tarjeta comercial en vez de la bancaria.
Sin embargo, lo que resulta intolerable, es que ante la opción de recibir el pago en efectivo usando moneda legal, establezcan para el uso de la respectiva tarjeta comercial un valor nominal menor. Esto implica de hecho , devaluar el papel moneda frente al plástico, pasando éste a reemplazar la moneda de curso legal, constituyéndose en un medio de pago alternativo-con pretensión de sustitutivo- y no complementario, como correspondería.
Al reducir el valor de la moneda legal, o sea devaluándola, lo que en último término se pretende es reemplazarla por la «moneda» particular promocionada por el conglomerado que maneja el respectivo negocio del retail. En su inconfesable afán sustitutivo, estas tarjetas llegan a cubrir una amplia gama de servicios, además de supermercado y grandes tiendas; como farmacia, bencineras, tiendas de arriendo de películas o cines.
Al imponer su propia «moneda», más que fidelizar al consumidor, se le captura. En el caso extremo, casi todos los ingresos que el consumidor perciba en moneda legal, producto de su fuente de ingreso, terminaran siendo destinados a pagar la tarjeta comercial. Algo equivalente a adquirir la nueva «moneda» en una casa de cambio. Los más vulnerables terminan siendo los sectores más desposeídos, lo que se observa en largas filas de disciplinados cambistas que mensualmente canjean moneda legal por plástico. Si a eso sumamos el crédito asociado a su uso, llega el momento en que el único medio de pago con que contará el cliente cautivo será la bendita tarjeta. Como esta «moneda plástica» es de curso restringido, quedarán obligados de adquirir bienes casi exclusivamente en el comercio adscrito.
Capturado el cliente, ya no será siempre necesario presentar «precios de ganga» para todos los productos. El usuario ya no tendrá posibilidades de elegir. Las ofertas del retail estarán destinadas a captar a nuevos usuarios de la «moneda plástica» y para dar un maquillaje a la exacción.
Estas tarjetas que suponen ser expresión de la modernidad, en realidad no representan una novedad. Alguna vez habrán escuchado hablar sobre el sistema de fichas utilizadas en el pasado, especialmente en las faenas salitreras, como medio de pago para los salarios y que obligaba a los trabajadores a adquirir los bienes de consumo básico (siendo los demás inalcanzables) en los almacenes (llamados pulperías) de propiedad de las empresas. En términos prácticos, estamos en lo mismo. Ambos permiten la manipulación abusiva de la oferta y de la demanda por parte de los controladores de este sistema.
Por lo tanto, los «tiburones del retail» no han inventado nada nuevo. Sólo han adaptado la Tarjeta de Crédito bancaria inventada en el siglo XX para darle el uso que las antiguas fichas cumplían en las pulperías.